Nacen nuevas generaciones de Ismaelillos en Cienfuegos

Un, dos, tres, cuatro y… comienzan los acordes, un poco desorganizados aún por incipientes, y nacen del talento de pequeños que un mes atrás no conocían prácticamente nada sobre instrumentos musicales.

En esas melodías advertimos los primeros pasos de las nuevas generaciones del grupo Ismaelillo en Cienfuegos, legendario proyecto de donde han germinado, en casi 35 años, muchísimos músicos reconocidos en la provincia y en el país. Atónito, disfruto a los infantes casi del mismo tamaño de sus implementos. Se divierten, los disfrutan, sueltan riendas al artista que quizás guardaban. Juegan a ser músicos tal vez sin conocer que ya lo son.

 

Desde el piano, Gonzalo Bermúdez, fundador y director de esta agrupación, da la voz de mando, detiene, prosigue, rectifica, insiste, sugiere, supervisa… También sueña. «En Cienfuegos llegamos hasta la Séptima generación en el 2004 cuando tuve que irme a Ecuador. Allá formé otros tres grupos. Pero, tras mi retorno a Cuba, me propuse continuar, y comenzar entonces la octava, novena, y décima generación de Ismaelillos. La primera de niños y las otras dos de adolescentes, y jóvenes y adultos respectivamente».     

Entonces, cuando alguien pensó que este tipo de agrupaciones solo tenía espacio en el pasado, en la historia de la música de la provincia, resurgen como suerte de complemento para los nuevos artistas.

«Lo retomé por la misma razón de hace 35 años: es una necesidad social, de la escuela cubana. Proporcionamos una opción mediante la cual los niños ocupan su tiempo en cosas positivas. Ese es mi proyecto: a través de la música lograr la estabilidad emocional y fomentar el talento de quienes no pueden o no quieren ir a una escuela de arte.

«Al llegar de Ecuador una persona me comentó que no iba a ser posible volver a reunir niños, que ya ellos pensaban diferente, que Cuba había cambiado demasiado. No es verdad, puedo notarlo. De los más pequeños pensé que íbamos a agrupar solo 10 o 12, sin embargo, vamos por 19. Los adolescentes son 12 y los jóvenes y adultos 22. Todos los que llegaron se quedaron, ninguno tiene ‘nombre’, ni ‘padres’. No hay diferencias. Empezaron de cero y cada cual escogió el instrumento que deseó. Priorizamos la música cubana, e insistimos en que promuevan los géneros y estilos de su grupo etáreo. No vamos a poner nunca a una niña de 8 años a cantar, por ejemplo, un tema de Lola Puñales».         

A la par de las primeras notas musicales, letras… también asumen una mayor responsabilidad, porque en ese mundo de extremo sacrificio debe adelantarse la madurez. En ese sentido el profe Gonzalo advierte un giro de 180 grados, mas, los propios padres lo palpan desde cerca.

«Resulta notable el cambio en mi niña. Antes en la escuela no mostraba todo el interés, ahora la maestra me dice cómo ha ganado en concentración, es más aplicada. Ya tienen en cuenta y cumplen con los horarios para venir, estudiar, limpiar el piano… Para nosotros también es difícil, porque muchos tenemos otros niños chiquitos y debemos buscar con quién dejarlos y la rutina se nos complica, pero siempre vale la pena porque el futuro de un hijo depende también del sacrificio de sus padres”, refirió Evelyn Abrahante Gutierrez.

Por su parte, Ramón Loyola Torriente, comenta: «Mi niño, por ejemplo, no pudo entrar este año a la escuela de música, sin embargo está aquí, que es otra escuela, donde no tengo que pagar un centavo y no solo aprenden de música, sino que el profesor les enseña aspectos fundamentales de disciplina, sentido de pertenencia».

Los propios Ismaelillos, aún en etapa de semilla, también manifiestan los cambios, dotados aún, ¡por suerte!, de extrema candidez. «Cuando estaba en mi casa cantaba más o menos, pero aquí he cantado mejor todavía, el profesor nos hace aprender cada vez más», ese es Ramón Loyola Nodal, quien toca el piano y canta. En tanto, Sheyla Álvarez Betancourt, solícita, nos dice: «Yo soy la bajista del grupo. En cada clase aprendo mucho. Los viernes tocan los ensayos generales y si sale mal, paramos, y lo volvemos a hacer hasta que suene mejor».

Eso habla de la consagración, de la simbiosis entre el arte y la pedagogía, entre la música y los modos de comportamiento. Y los propios pequeños con sus acordes aún desencajados, le retribuyen a Gonzalo cada espacio de su tiempo, del tiempo que gana en estos menesteres. Así, a pesar del impaz, de varios años, conservamos la certeza de disfrutar sobre un escenario a otro grupo de soñadores Ismaelillos.(Tomado de 5 de septiembre)

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